escuela de violín Helena Colina

LA PRIMERA ESCUELA

Abro la primera Escuela en el año 2000. Busqué una profesora nativa de inglés para crear mi primera escuela, de forma conjunta, por considerar la música y el inglés dos idiomas imprescindibles en la educación del niño.

Tras la experiencia de trabajar durante años, con niños de menos de 2 años y la mejor y mayor experiencia que fue trabajar con mi hijo, comenzaron a llegar a la escuela niños de 18 meses. Llegué a tener más de un centenar de niños a mi cargo. Gracias a que siempre tuve una actitud de investigación y observación, fui desarrollando las fichas más eficaces y divertidas para conseguir los objetivos que me marcaba según la edad del niño. Comienzo a crear nuevos juegos musicales y actividades varias que potencie el talento del niño, tanto a nivel emocional como musical. El niño tendría que venir contento a la escuela y marcharse feliz. Esa era mi primera premisa. No estaba dispuesta a que ningún niño pasase por el infierno que yo había pasado por amor a la música, en mi periplo por el conservatorio.
El primer paso era que los niños pequeños acudiesen a las clases junto a sus padres, creando un ambiente familiar y distendido. Los padres ayudaban activamente en los juegos y actividades, convirtiendo las clases en un momento de inclusión familiar. Pues entendía que el niño después de pasar tantas horas en una escuela infantil o colegio, lo que no querría es seguir estando sólo, por lo que la idea de crear clases familiares fue un verdadero reto y acierto. El niño se sentía protegido, en un ambiente conocido y familiar, jugando con sus padres, que es con las personas que más desea estar y junto a otros niños de su edad, compartiendo y aprendiendo algo que le gusta y le parece interesante.
Adapté un aula de una escuela infantil, a un aula musical. En aquella época resultó algo revolucionario. Mandé construir muebles, sillas y mesas adaptados a su tamaño. Incorporé todo tipo de material escolar al aula de música. Material que los niños conocían y del que estaban familiarizados. Abandoné la tiza de las pizarras, los soporíferos libros de solfeo y los cuadernillos de papel pautado. Comencé a usar plastilina, gomets, rotuladores, pintura de dedo, punzones y todo tipo de colores, para mis actividades.
Comencé a usar la escuela como un laboratorio pedagógico, clasificando las fichas que creaba en divertidas y eficaces o aburridas y poco satisfactorias, que inmediatamente descartaba.
Los padres que por primera vez comienzan a ver a su hijo en ese ámbito, se dan cuenta de la capacidad de concentración y autodisciplina de los niños pequeños. Los padres descubren gracias al método una faceta de sus hijos que hasta la fecha estaba vetada para ellos, pues ningún padre está con su hijo en el colegio. Dando la oportunidad de pasar ese rato juntos, la implicación de ambos es mayor, por lo que el fruto es directamente proporcional al aprendizaje.
En el aula no hay prisas, cada niño lleva su ritmo y se le valora y respeta por ello, ya que todos somos personas diferentes, con diferentes inquietudes y diferentes procesos de absorción y aprendizaje. Busco más la actividad por si misma y su disfrute, que la propia finalidad, que llegará tarde o temprano. Interpretando lo que más desea un niño. Les doy lo que demandan según su disponibilidad. No he inventado nada nuevo. sólo he englobado diferentes disciplinas musicales para que los niños se formen como un músico global. Y he llevado el aula que otros muy juiciosamente crearon, al ámbito musical, que estaba a falta de creatividad y disposición de los niños más pequeños.


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