¿Por qué actúa así nuestro adolescente?

A esas edades comienzan a volverse más rebeldes, irresponsables e impulsivos. Además se vuelven contestatarios y les mueven una serie de razones que es complicado de entender a padres y a profesores. Pero aunque el mundo de los adolescentes parezca a veces una película de ciencia ficción, es todo mucho más sencillo de entender.

No debemos pensar que el cerebro de nuestro hijo o estudiante adolescente está inacabado o  tiene imperfecciones. Simplemente es una cuestión de preferencias. Es decir, ellos no quieren hacerse daño, no desean sufrir ni pasar un mal rato siquiera, lo que ocurre es que la prudencia y la seguridad, para ellos queda en un segundo plano. Para un adolescente esto no es prioritario, pese a que su cerebro funciona correctamente. De hecho su capacidad de razonamiento y su inteligencia están perfectamente desarrolladas ya a los 15 años. Este hecho favorece mucho a que los adolescentes tengan una enorme absorción para aprender, por eso las clases de música deben ser muy amenas y tocar con el instrumento obras que les motiven, bien por la melodía, o porque técnicamente les sirva de acicate. Aunque los profesores les “colemos” algún que otro “estudio” tedioso. Es importantísimo enseñarles a tener paciencia, pues de eso no suelen “usar”. Aprender a tocar un instrumento nos puede servir  de símil para resolver situaciones cotidianas de la vida o del día a día.

El cerebro de nuestro músico adolescente tiene una gran versatilidad y está en una creciente instauración de conexiones neuronales. Esto hace que esté muy preparado para adaptarse a los retos que esta edad propone. Nuestro joven músico tiene una gran capacidad para el cambio y se adapta muy fácilmente a su entorno. Todo esto lo consigue porque las conexiones cerebrales que conectan las distintas regiones cerebrales se modifican muy rápidamente. De ahí que razonen, piensen, aprendan y socialicen tan rápido.

Pero ocurre que en su interior hay una batalla entre sus emociones y la razón. Lo que “me apetece” puede a “lo que debo hacer”, y la euforia puede a la razón; así como el cansancio y el abatimiento puede al deber.

El sistema límbico, que es la parte del cerebro que regula las emociones, durante la adolescencia es el protagonista, la guía y el motor. Este sistema podríamos decir que es la zona cero de su actividad cerebral, todo se focaliza allí. En esta parte del cerebro tenemos una amígdala que canaliza el miedo y la ira, la cual responde de manera inmediata y sin ningún tipo de filtro ante los estímulos. De ahí que suban las escaleras de tres en tres con piernas de plomo y la cara desencajada y rabiosa como si no hubiese enfado mayor en todo el universo, o que lleguen a tirar el instrumento por las escaleras o sacudan un golpe sobre una superficie dura, aún a sabiendas que se harán daño. La rabia y el enfado pueden a la prudencia de saber, que se pueden lastimar. Ya vendrán después las consecuencias y el bajón. Pero ahora, durante el momento de enfado o furia, eso es secundario. Lo importante para el adolescente en ese momento es hacerse escuchar o hacerse ver o notar. Al adulto, padres y maestros, solo nos cabe esperar y tener paciencia, pero esperar de verdad y estar muy calmados, porque sino empeoraremos las cosas y ellos no miden las consecuencias, en cambio nosotros sí, además ya hemos pasado por esa etapa y podemos empatizar con ellos, pero creemos que por el hecho de entenderlos vamos a perder razón y el respeto. Sin darnos cuenta de que no es cuestión de perder, sino de sabernos ganar a nuestro hijo adolescente. Ya habrá tiempo después, cuando las aguas vuelvan a su cauce para hablar de lo sucedido, y de enseñarles que esas reacciones no les van a llevar a nada bueno. No es momento de reñirles, ellos ya se lo esperan, no seamos tan evidentes de darles una charla moralizadora, ellos “pasan” directamente. Pensar que no les cuesta mucho esfuerzo ,en estado de reposo, estar “haciendo” que nos escuchan. ¿Qué podemos hacer entonces para que la comunicación sea bidireccional y que haya una verdadera comunicación?

¿Qué salida tenemos como padres y educadores sino les reñimos, ni les damos una charla moralizadora? Sencillo, unos consejos motivadores. Motivar no es lo mismo que reñir, ni que moralizar, esas palabras no están en su lenguaje, pero sí conocen y valoran la palabra motivación. Motivación para cambiar, motivación para madurar, motivación para aprender. Preguntarles qué desean, qué piensan, cómo se sienten después de lo que ha pasado. Nunca utilicemos la frase, “¿has visto qué has hecho? pues lo sentirán como un reproche y se cerrarán en banda, no sentirán que hay un diálogo, sino una amenaza y una crítica a sus acciones. Ayudémosle a encaminar sus emociones, que en ese momento lo inundan todo, y guiarlos hacia su parte racional. A que piense de qué otras formas hubiese podido solucionar la situación. Siempre es conveniente buscar más de dos soluciones, para que tengan un pensamiento crítico y dejen de formar parte del sesgo de falso consenso.

Si no hemos conseguido minimizar las rabietas de pequeños, será mucho más complicado apaciguar la furia de un adolescente, porque lo que el entiende como justicia se ve mancillada en muchas ocasiones por el mundo adulto, si por él fuese ya lo hubiese solucionado, porque en ocasiones “cortar por lo sano” y quitarse el problema de encima como sea, es lo mejor que saben razonar durante un enfado. De ahí que si tocar un instrumento me quita tiempo de estar haciendo otras cosas que en ese momento me apetecen o interesan más y esa responsabilidad que “me han hecho adquirir mis padres” no existiese, yo no me hubiese enfadado. Por lo que tocar un instrumento “no me gusta”, “es un rollo”, “mis amigos tienen más tiempo que yo”, “estoy harto”, “nadie me entiende” y un sinfín de frases y retahílas propias de la edad. Es cierto que el joven músico tiene menos tiempo que cualquiera de sus compañeros de clase que no estudien una actividad relacionada con la música. Pero es el momento de sentarnos junto a él y explicarle que es una ventaja que estudie un instrumento. Ellos son impacientes y quieren resultados en el momento. Es entonces cuando debemos enseñarle a que precisamente es el momento de tener paciencia si quiere madurar. Debemos hacerle sentir que va encaminándose hacia la madurez, que ha dejado ya de ser un niño. No cometamos el error de enfocar su conducta hacia la infancia, con frases lapidarias como “te estás comportando como un crío”. Esa frase cierra todas las vías de comunicación. Debemos ser extremadamente cuidadosos con cada una de nuestras palabras, porque podemos cerrar de un plumazo y para siempre las vías de comunicación. Toda persona, niño, joven o adulto necesita ser escuchado y entendido. Ambas acciones son importantísimas y no pueden ir la una sin la otra. Si nuestro adolescente tiene un problema debemos escucharlo y ayudarle a que él mismo aporte varias salidas y soluciones. No debemos sentenciar lo que debe hacer, pues hará todo lo contrario, simplemente por el hecho de hacernos saber de nuestro error. No hay nada más gratificante para un adolescente que un adulto cometa un fallo. Debemos hacerle entender que debe tomar soluciones y ayudarle a medir los riesgos. Nosotros como padres y maestros estamos para escuchar, atender y comprender su decisión. No debemos vivir la vida de nuestro adolescente y mucho menos manipular sus actos o su criterio, porque estaremos haciendo una persona débil e insegura.

El horror de un adolescente es la frase “qué quieres ser de mayor? No hay frase más angustiosa. Y peor aún, que les presionemos con nuestros anhelos. No hay manipulación más vil, porque está enmascarada bajo el halo del amor. Podemos y debemos inculcar valores, respeto, constancia y esfuerzo,  pero no les presionemos, dejemos que vayan fluyendo y cada problema en su momento. Lo que sean de mayores se va formando desde la niñez, por lo que no podemos someterlos a tal presión desde tan jóvenes.

Tu hijo será lo que él desee por mucho que tú te empeñes. Y si lo consigues pese a su oposición, le habrás hecho un desgraciado. Pero esto puede ser un arma de doble filo, pues muchos padres y profesores entienden que no hay que poner límite y dejar a su libre albedrío su futuro. Tampoco es eso. Si tu consideras que lo mejor para tu hijo es que sea músico, militar o médico, no hace falta que se lo hagas ver constantemente. Simplemente pon los medios para afianzar eso. Es decir, si como padre o maestro observas que tu estudiante tiene actitudes pon los medios pertinentes para que desarrolle su potencial, sin presión, sin manipulación. Simplemente hacerlo con el deseo de que sea feliz y disfrute. Ya vendrá el tiempo de que se quiera dedicar a una cosa o a otra. Muéstrale el camino, guíalo pero no te calces sus zapatos y lo lleves a hombros. Camina a su lado, del la mano cuando lo solicite y estate a una distancia prudencial, porque quiere que sepamos que se va convirtiendo en un adulto y que ya no necesita niñera.

Imponer nuestro criterio no sirve de nada, como tampoco sirvió el criterio de nuestros padres. Tampoco les pongamos nosotros de ejemplo, precisamente a esa edad, los padres somos los últimos ejemplos en los que nuestro hijo se fija. Debemos ser consciente que toda esa admiración que nos tenían de pequeños, con la adolescencia se diluye. Nosotros fuimos con nuestras circunstancias, ni peor ni mejor. En ocasiones tratamos de ver nuestro paso por la adolescencia de una forma romántica, pero si les preguntásemos a nuestros padres o abuelos, la historia tendría otro tinte.

El camino será más complicado pero debemos insistir con altas dosis de amor, de paciencia y de empatía. Ponernos a dar gritos y voces como ellos, no facilitará las cosas, sino que no solo las empeorarán sino que además le estaremos enseñando que ese es el camino para solucionar los conflictos y los problemas. Conseguiremos un adulto violento, déspota y engreído.

¿Quiénes son las responsables de alterar el orden en el cerebro de nuestros jóvenes? Exacto, las hormonas. Desde los 10 o 12 años su cerebro se encuentra bombardeado por un chaparrón de hormonas y es precisamente esa tempestad la que altera su orden y comportamiento. Las hormonas testosterona, estrógenos y progesterona son las encargadas de revolucionar su mente y cuerpo, porque durante este periodo aumentan un 30 y 40 veces más que durante la infancia. Pero no las veamos como una amenaza, pues son las responsables de la maduración sexual. Este es el momento en que como padres comenzamos a abrir los aojos ante el horror de la palabra “sexual”, pero volvamos a leer la frase, y veremos que delante está la palabra “maduración sexual”. Madurar es reflexionar, pensar, cavilar, meditar y poder decidir. Estar abiertos a una escucha y una conversación adulta. Querer saber para “intentar” hacerlo bien.

Pero estas hormonas de las que he hablado no están solas revolucionando su cuerpo y mente, sino que tienen la ayuda de la adrenalina y la noradrenalina, que se activan y éstas son las que contribuyen a la agresividad y a la inconstancia, a la inconsecuencia, a la veleidad y a la versatilidad de nuestro adolescente. La parte frontal del cerebro, llamada corteza prefrontal, es una de las últimas regiones del cerebro en madurar y precisamente es el área responsable de planificar, establecer prioridades y controlar los impulsos, algo que echamos de menos en un adolescente. Así que si no lo llevan de serie, como lo acabamos de ver, no les importunemos con frases o acciones que dejen entrever su incapacidad para algo que aún no tienen y no han podido por tanto madurar. Le pediríamos a una persona sin penas que corriese? no, simplemente si queremos que corra, deberemos facilitarle las prótesis adecuadas.

Si el niño es frágil y hay que protegerlo de desilusiones, el adolescente es más frágil todavía, pues sus emociones combaten constantemente con su razón. Por lo que debemos ser muy cuidadosos y estar alerta, porque es el momento de los grandes cambios del cerebro . Es el momento en que surgen muchos trastornos mentales, como la esquizofrenia, la ansiedad, la depresión, el trastorno bipolar y los trastornos alimentarios. Por eso debemos guiar, proteger, cuidar y nutrir su cerebro sin manipulaciones y sin extorsiones. Estas dos palabras parecen que únicamente recurren a ellas padres desnaturalizados que no saben educar a sus hijos, sin que seamos consciente que están muy enraizadas en nuestras frases diarias. Medir nuestras palabras es fundamental, sobre todo cuando nos enfadamos. Sino nos gusta identificar en ellos nuestras propias conductas, quizá sea el momento idóneo de cambiar nuestra actitud hacia ellos.

Aunque puede parecer que un adolescente es perezoso, la ciencia nos muestra que los niveles de melatonina, es decir, los niveles de la «hormona del sueño» en la sangre se elevan de forma natural por la noche y bajan por la mañana en comparación con la mayoría de los niños y los adultos. Esto explica por qué muchos adolescentes se quedan despiertos hasta tarde y les cuesta levantarse por la mañana. Los adolescentes deben dormir unas 9 o 10 horas por noche, pero la mayoría no duerme lo suficiente. y en consecuencia la falta de sueño hace difícil que preste atención y hace que aumente esa la impulsividad tan temida por los adultos y también puede aumenta la irritabilidad y la depresión. Es una etapa complicada, porque sino pueden dormir pronto por los estudios o simplemente quieren mantenerse un poco más despiertos para hacer por fin lo que desean, como ver series y enredar con el móvil o con un poco más de suerte leer una novela, decirles que duerman en como decirle al mar por dónde tiene que transcurrir. Pero sí podemos hacerles entender su necesidad de dormir. Al adolescente no le gusta recibir mandatos, pero si le gusta que lo traten como a un adulto y para ese proceso los padres y maestros debemos hacer un esfuerzo. Explicarle por qué se hacen las cosas, mostrarle los riesgos que conllevan tomar la decisión equivocada. Debemos plantearle la necesidad de razonar, de pensar y ofrecer la oportunidad de elegir, aún a sabiendas que pueden equivocarse. Es una edad para experimentar. Si hacen caso a nuestro mandato corremos el riesgo de hacer una persona dócil y fácil de manejar en un futuro inmediato. Pero si les enseñamos a conectar sus emociones con su razón estamos formando personas fuertes y con un pensamiento crítico.

Volviendo al apasionante mundo de lo que las hormonas son capaces de hacer en nuestro adolescente, debemos tener muy presente que las hormonas son las causantes de que aprendan a disimular las emociones a través de la pose o del engaño o a poner cara de póker cuando lo que se les dice nos les interesa absolutamente nada. Es una estrategia antiquísima de supervivencia de nuestro cerebro. Además, no escuchan como nos gustaría a los adultos, pero este hecha tan exasperante tiene una explicación química. La testosterona hace que el sistema auditivo de un adolescente inhiba ciertos sonidos, es decir, hacen oídos sordos de manera inconsciente algo que, suele perdurar en el tiempo. Con lo aburrido se desconectan, enseñarles que por encima de lo aburrido está la educación y el deber es un trabajo titánico y necesita muchas horas de charlas amenas y de paciencia. Algo que como padres nos resultaría muy sencillo si no nos cogiese en horas bajas y estuviésemos completamente descansados. Es precisamente a la noche, cuando más compartimos con ellos. Quizá la televisión sea desplazada por una buena conversación durante la cena. Debemos ser muy sutiles. Preguntarle cómo le ha ido el día de repente puede que le asombre si no lo solemos hacer y más aún si hemos eliminado a la protagonista de la velada, la televisión. Pero sí podemos comenzar hablándoles de nuestro día, de lo bueno y de lo no tan bueno y cómo lo hemos ido resolviendo. Que nuestro hijo escuche algunas de nuestras inquietudes no nos hace ser frágiles ante él, sino humanos. Si queremos conocer sus inquietudes deberemos mostrarle las nuestras, eso sí, un tanto tamizadas, por su bien. Cargarlo de problemas que no son suyos no le ayudarán, es más le estaremos haciendo sentir responsable de un problema nuestro. Aunque les podemos pedir opinión y es un buen momento para hacerles pensar. Hablar de los problemas de otra persona que no sea él, el protagonista hará que razone y es una buena forma de practicar con él soluciones a los problemas que se le pueden plantear en un futuro.

Utilizar frases como éstas, le ayudará a razonar tranquilamente:

  • ¿Tú qué harías en mi situación?
  • No se trata ni de juzgar, ni de criticar, pues hay que ponerse en la situación de cada uno, pero ¿tú qué hubieses hecho?
  • ¿Tú cómo lo hubieses dicho?
  • ¿A ti te parece bien?
  • ¿ Tú lo verías factible?
  • ¿Tú qué hubiese hecho en su lugar?

Como el córtex prefrontal no ha terminado de madurar, nuestro adolescente es incapaz de sentir el peligro. De ahí la frase que todos hemos dicho en alguna ocasión:  “No me explico cómo hacía eso cuando era joven, para rato voy a hacerlo ahora”. El cerebro de un hombre no termina de madurar hasta los 21 o 22 años, y el de la mujer madura sobre los 18. En este momento me llegan todas vuestras voces diciendo que algunos pese a tener 40 años, no han madurado. Bien, una cosa es que fisicamente el córtex prefrontal esté desarrollado y otra diferente poner en práctica las herramientas que nos han ido enseñando o hemos adquirido en nuestro aprendizaje para saber solventar las situaciones. Por eso hago tanto hincapié en que debemos guiar a nuestros hijos desde un pensamiento crítico y lleno de valores férreos, sin prejuicios, sin manipulaciones, sin mellar la autoestima y potenciando su valor como persona. Hablar a nuestro adolescente desde la positividad y desde lo que ya ha conseguido, hablarle desde sus logros hará que su cerebro segregue dopamina, se sienta feliz y desde la felicidad es posible el diálogo porque hay atención y por lo tanto aprendizaje. LA burla, la riña, el desprecio cierra todas las posibilidades de diálogo. Esto es tremendamente difícil, porque en esta historia no solo está él, sino también tenemos que convivir con nuestros problemas y obligaciones de adultos que en ocasiones nos sobrepasan y explotamos en el peor momento y generalmente ellos son especialistas en poner la guinda al pastel y cargamos nuestras frustraciones contra ellos. Sin darnos cuenta que nuestra artillería es cien veces más pesada y dañina. Si nosotros como padres o profesores mostramos esas armas, aprenderán esas herramientas para luchar contra su “injusticia”, luego no nos sorprendamos de lo que ellos nos devuelvan, desde palabras hirientes a acciones execrables. Generalmente este juego lo comenzamos los adultos. Enseñar desde la paciencia y el amor nos facilitará mucho las cosas. Aprendamos primero a gestionar nuestras emociones, vayamos a un especialista si es necesario. Nos gastamos mucho dinero en otras cosas que pueden que nos hagan felices a corto plazo, pero aprender a gestionar nuestras emociones es el mejor dinero invertido, porque seremos felices a largo plazo y haremos felices a los que nos rodean.



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